Trabajo Remoto

Casa u Oficina: ¿Dónde Estaremos Trabajando en los Próximos Años?

La transición obligada al trabajo remoto nos ha hecho cuestionar si queremos seguir en nuestros cubículos o avanzar al próximo paso: producir desde casa.

19/5/2020

Primero fue Google, luego Facebook, y ahora Twitter. Si bien las grandes empresas de tecnología no son necesariamente la norma, que tres grandes hayan decidido subirse al carro del trabajo remoto incluso después de la pandemia es una señal evidente. Y no es por suerte o por corazonada: después de la cuarentena, miles de personas van a quedarse en sus casas en vez de volver a las oficinas, por las buenas o las malas.

Con la llegada de un virus que nos confinó a nuestros espacios personales, el mundo comenzó a cambiar. A adaptarse. Empresas en todo el globo se subieron al carro del trabajo desde casa, y sus empleados, tras ya varios meses de reuniones por Zoom y decisiones tomadas desde el sillón, cambiarán voluntariamente las miradas de sus jefes por la de sus hijos o mascotas. Es un cambio innegable, que ha sido incluso denominado “la nueva normalidad”.

Sin embargo, este cambio no vendrá sin resistencia. Esto va más allá de una obligación: el mundo laboral no es más que una gran tradición que nos hemos encargado de repetir como sociedad, de maneras muy similares entre etnias y territorios. Ponerse un traje, sentarse en un cubículo de 9 a 5 y de lunes a viernes, almorzar durante una hora y compartir el auto con un colega son códigos, y existe mucha gente allá afuera –en muchos casos, en posiciones de poder– que quieren tirar la nueva normalidad al basurero cuanto antes.

La historia antigua del trabajo de oficina

Nuestras oficinas como espacios de trabajo son un rito que hemos seguido sin demasiado cuestionamiento. Lo sorprendente es que no es realmente antiguo: las oficinas son la respuesta a la modernización del empleo a mitades del siglo XX, tras casi tres siglos de constante cambio y refinación del trabajo industrial. En los años 40 y 50 las máquinas tipográficas fueron combustible para el éxodo: la fuerza laboral de las fábricas, campos y minas migró a espacios ruidosos. A ese cambio se sumaron las mujeres y las minorías, ahora libres de las cadenas de la tradición y dispuestas a integrarse a estos novedosos espacios.

Con el tiempo, la oficina se volvió un espacio seguro, diferente. Asimismo, este mismo espacio y su distribución se convirtió en una herramienta de control. Si para Foucault la escuelas o el ejército eran disciplinas del cuerpo, la presencia en una oficina era la forma lógica de trabajo de esta sociedad disciplinaria. Florecieron los controles de horario, los códigos de vestimenta, la jerarquía; todas unidas a nuevas responsabilidades. Sería el nacimiento de una nueva tradición.

Por supuesto, el espacio laboral es diferente al hogareño, y esa diferencia tiene sus ventajas. Por ejemplo, la separación entre trabajo y hogar establece una diferencia entre lo público y lo privado, y dibuja una clara línea entre lo que ocurre en el ambiente laboral –la productividad– versus el hogar como descanso, y como espacio familiar además de recreativo. El ambiente de oficina también es un espacio social, y por tanto seguro en términos de interacción entre compañeros, sociabilidad y contacto humano. De la misma forma, es posible vigilarlo y controlarlo de maneras que serían impensadas si este espacio no existiera: tanto las reglas como los distintos servicios de oficina suelen ser distintos a lo que podemos encontrar en casa. ¿Café gratis, viernes casual, horario de oficina, Intranet? Todos nacidos al alero de estas nuevas reglas.

Sin embargo, esta normalidad ha terminado produciendo una buena cantidad de desventajas que no podemos negar. La oficina pasó a ser un lugar de alienación: para pertenecer a este espacio seguro y diferente se hace necesario perder tu propia identidad. Largas horas de trabajo y el estar cada vez menos en casa nos hizo pensar que nuestras verdaderas vidas –al menos las que estaban fuera de la normalidad de la oficina– no eran tan valiosas. Comenzamos a extrañar nuestras casas, a nuestras familias y amigos. El tiempo libre se convirtió en un anhelo. El ritmo del trabajo comenzó a agotarnos, a extinguirnos. El estrés fue al alza, el viaje de ida al trabajo se volvió tedioso y el regreso pasó a ser el único momento de paz.

La respuesta a eso, y sólo gracias a nuestra realidad hiperconectada, pasó a ser el trabajo remoto: una opción para compatibilizar el empleo y el hogar. Lamentablemente, esa opción nunca fue la regla, sino la excepción.

Trabajo remoto, sin obligación

Si juntamos a una docena de gerentes de grandes empresas y les preguntamos por el trabajo remoto, lo más probable es que suelten una retahíla de razones por las cuales no implementarlo.

Para el mundo de la administración, trabajar desde casa tiene desventajas medibles: un descenso en la productividad, la dificultad de hacer micro-management del tiempo de los empleados, y la proeza técnica para mantener a un empleado trabajando en casa con recursos de la oficina. A menudo se argumenta que trabajar desde casa es inseguro para la empresa en términos de ciberseguridad –argumento que incluso nosotros hemos usado en el pasado– y que reduce el valor de los espacios que la empresa ya usa, como sus oficinas.

Sin embargo, y fuera de los motivos más tangibles, el problema con el trabajo remoto es un problema de tradición. La verdad incómoda detrás de la negativa a enviar a los empleados a sus casas no es nada más que el aparente poco profesionalismo del sistema.

Lo cierto es que el trabajo remoto comenzó a ser una posibilidad gracias a que el mundo llevó ese paradigma al extremo. La amplia posibilidad de estar conectados gracias a poderosas conexiones a internet fue el combustible para trasladar la productividad a los hogares, y las largas horas de trabajo y la velocidad de la oficina fueron los catalizadores de una reacción química que encontró una fuerte resistencia de parte de los creyentes en el modelo laboral tradicional.

Un cambio social

Este momento de la historia va unido a una rotación generacional importante, clave en muchísimos procesos sociales. La generación de baby boomers, habituados al modelo de oficina estándar –y en su mayoría, con la vida asegurada, familias e hijos– están al borde de la jubilación. Mientras tanto, hordas de nativos digitales y millennials pueblan los puestos de trabajo de entrada, valorando mucho más el tiempo libre y el crecimiento personal que la producción bruta.

Este contraste ha inclinado la balanza hacia el trabajo remoto desde hace años, donde diversos estudios apuntaban a esta transformación laboral, de la mano de los millennials, como una suerte de “salvación” para el resto de los trabajadores. En ese entonces, los representantes del final del milenio eran considerados “flojos y arrogantes”.

Sin embargo, los argumentos a favor o en contra de este cambio debieron ser congelados con la llegada de la pandemia. La cuarentena cambió violentamente nuestra manera de trabajar y nos hizo recordar nuestra propia utilidad, incluso desde casa. Este cambio forzoso nos depositó en un momento coyuntural donde la balanza puede volcarse hacia el trabajo remoto y lejos de la cultura burocrática de las oficinas.

Esta fuerza es parte de una multitud de cambios que ya están ocurriendo en los negocios. La posibilidad de contagio de COVID–19 seguirá siendo bastante alta, por lo que las oficinas buscarán minimizar la cantidad de empleados en espacios comunes y salas de reuniones. Al mismo tiempo, los compañías están desechando sus espacios de oficina y renegociando contratos, lo que ha hundido el negocio de propiedades. La guinda de la torta es la posible migración: cientos de miles de personas buscarán complementar la posibilidad de trabajo remoto migrando desde espacios con precios astronómicos –un alquiler cerca de Silicon Valley no es precisamente barato– a lugares con mejor calidad de vida.

Tener esta vista no es barato. (California Architecture Collection)

Esta nueva época de trabajo remoto tampoco será tan sencilla para los trabajadores. Tan pronto como los negocios asuman que su fuerza laboral se quedará en casa para siempre, comenzará una nueva época de control. Muchos empleados que no vayan a la oficina deberán usar software de monitoreo para controlar su productividad –la mayoría de ellas ya desarrolladas– y mantener esa “sensación” de rendimiento a salvo.

La buena noticia es que las empresas tecnológicas que empujan la innovación van en una buena dirección. Twitter y Square, ambas empresas de Jack Dorsey, anunciaron hace unos días que sus empleados podrán seguir trabajando desde casa apenas terminada la cuarentena en sus respectivos espacios. Se espera que esta decisión termine empujando –o al menos sirviendo de ejemplo– para muchas otras empresas digitales.

Conclusiones

Falta bastante tiempo hasta que este conflicto social entre tradición y remoticidad provoque verdaderos cambios. Muchas empresas en Estados Unidos no planean abrir sus oficinas hasta el último cuarto de este año, con severas medidas de seguridad. Tampoco sabemos si más empresas se subirán definitivamente al bus del trabajo remoto, o considerarán esta cuarentena como un exabrupto.

Lo cierto es que incluso las predicciones le dan una ventaja al trabajo desde casa. En 1964, el escritor de ciencia ficción Arthur C. Clarke predijo una gran cantidad de avances tecnológicos que serían regla cincuenta años después, como el internet, la impresión 3D y la cirugía robótica. La única predicción a la que no acertó fue que los trabajadores no viajarían diariamente al trabajo, sino que sólo por placer.

Tal parece que una pandemia bastaba para que la predicción fuese totalmente cierta.

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